Carta a esa gente que quiere verlo absolutamente todo cuando viaja

"No sabes lo increíble que es la sensación de ir sin prisa a cualquier parte. De ir tranquilo y relajado. De no tener que estar en un lugar concreto a una hora determinada y poder vagar sin que nada ni nadie te espere".

Querido amigo:

¿Cómo estás? Te escribo, como habíamos quedado, justo después de las vacaciones adelantadas que cogí este año. Ha sido un viaje corto, pero tan relajado y a la vez tan emocionante que la única motivación que tenía para volver a casa era sentarme a escribirte y poder revivir todo una vez más. Creo que tienes que darle una vuelta a lo de, cuando te vas de viaje, quieras verlo todo, absolutamente todo de la ciudad. ¡Es mucho mejor tomárselo con calma!

De verdad, me he acordado mucho de ti en este viaje. He recordado cuando me contaste aquella vez que te fuiste a Lisboa con Marta y al final terminasteis discutiendo la mitad de los días. Todo porque ella quería pasar más tiempo sentada en los parques o viendo los paisajes y tú estabas obsesionado con salir corriendo para conseguir ver todo lo que tenías programado.

He de decirte, amigo, que yo estoy con Marta. No sabes lo increíble que es la sensación de ir sin prisa a cualquier parte. De ir tranquilo y relajado. De no tener que estar en un lugar concreto a una hora determinada y poder vagar sin que nada ni nadie te espere, solo acompañado por la incertidumbre de qué será lo próximo que pase y a quién estarás a punto de conocer.

El sábado por la mañana cargué a tope la batería del coche y busqué en la guantera los discos que iba a poner durante el viaje de ida. Ya sabes lo que me gusta ese instante. Elegí algo animado para salir de Madrid y dejé la ciudad atrás con “The Suburbs”, de Arcade Fire. Qué buenos son esos canadienses, maldita sea.

Iba disfrutando del camino en el coche, callado, evadiéndome y pensando en mis cosas, mirando el paisaje y escuchando la música con toda paz y pensé: “qué gusto”. Al rato, decidí parar a comer en una venta y, en vez de tomarme el típico bocata de bacon y queso a toda prisa, eche un vistazo a la carta y pedí unas señoras carrilleras. No sabes cómo estaban. Se deshacían en la boca y la salsa tenía un regusto a tinto… que me alegró la vida.

Pregunté al camarero qué ruta interesante podía seguir con el coche. Le conté que no me dirigía a ningún sitio en particular y que iría a donde él me recomendase. Me aconsejó que fuera a Brihuega, en Guadalajara, visitase el pueblo y, además, me diese una vuelta por los campos de lavanda. A pesar de que aún era un poco pronto para la recogida de la cosecha, el camarero me aseguró que podría encontrar el campo en flor igualmente. Allí fui, pues. ¡Y qué bien hice!


Estaba yo solo frente al paisaje y no tuve más remedio que sentarme en una roca a contemplarlo. Estuve así una hora y, te puedo asegurar, que me reconcilié con el mundo. Y ese olor… se me metió en la nariz y aún ahora, si cierro los ojos, puedo sentirlo. Cuando anocheció volví al pueblo para hacer noche allí y desde la ventana de mi habitación pude ver todas las estrellas que en Madrid cuesta tanto encontrar.

A la mañana siguiente me levanté con el canto de los pájaros bajé al bar de la plaza dispuesto a desayunar con calma. Allí conocí a un anciano que debía de contar 90 años por lo menos. El típico señor mayor de campo con aspecto centenario, que en el fondo está como una rosa y se mueve como quiere.

Pues bien, al hablar con Celestino, que así se llamaba, empezó a hablarme de mil leyendas del pueblo y de su muralla. Recorrimos sus calles dando un paseo sin prisa y entramos en los museos y en sus iglesias. ¡El hombre me contó tantas historias del pueblo que ahora estoy deseando volver contigo y Marta para contároslas todas! Y, bueno, si vais vosotros solos, ya sabéis por quién preguntar 😉

En fin, amigo, te escribo esta carta para que, en el próximo viaje que hagas, te dejes llevar. Tómate tu tiempo para recargar la batería del coche mientras eliges la música que te acompañará, para a ver la puesta de sol, habla con desconocidos y déjate guiar por sus consejos (especialmente si son mayores de 70 años) y disfruta también, no solo del destino, ¡sino también del camino!

Besos y abrazos.

 

Imágenes: Wikimedia Commons, Wikimedia Commons, Festival de la Lavanda

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