¿Cuánto cuesta transformar una ciudad en una smart city?

Los ayuntamientos tratan por todos los medios de sembrar start-ups a las que encargar distintos proyectos y metas, dado que serán futuras entradas de capital

Es posible que muchos lectores, al escuchar hablar sobre las ciudades inteligentes, se hayan preguntado cuál es el coste de una smart city. A fin de cuentas, un proyecto de tal envergadura tiene pinta de estar asociado a un coste descomunal, y éste habrá de salir de algún sitio.

Por lo tanto, no está de más preguntarse cómo sufre esta partida el bolsillo de los ciudadanos y qué se obtiene a cambio de dicho gasto. ¿Compensa invertir hoy en la ciudad del futuro?

¿Cómo nace una smart city?

Es importante resaltar cómo una ciudad se transforma y pasa a ser una smart city. A diferencia de cómo se fabrica un vehículo o cómo se construye un edificio, no hay un punto de inicio desde el que uno puede estrenar su nueva ciudad inteligente. Pero sí el final de una centena de pequeños proyectos entrelazados entre sí, que van dando a los ciudadanos nuevas mejoras y algunas pistas sobre cómo será la ciudad.

Esto se puede entender observando cómo ha avanzado la movilidad urbana particular en las ciudades. No hemos pasado de los paseos de adoquines y el tiro de caballo a calzadas de bajo consumo y al vehículo eléctrico en un corto espacio de tiempo. Ha habido durante muchas décadas un arduo proceso de mejora de diferentes tecnologías, como puede ser el motor eléctrico, el almacenamiento de energía, la investigación en nuevos materiales y otros.

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Una smart city no aparece, sino que evoluciona de una ciudad convencional a lo largo de pequeños proyectos que se van sumando unos a otros.

Los proyectos de una smart city

Existen personas y empresas que están trabajando en pequeños proyectos muy focalizados y de diferente índole para mejorar una parte pequeña de la ciudad. Un problema concreto que debe ser resuelto.

Este tipo de proyecto requiere la ayuda de todos los agentes: ciudadanos, tanto como consumidores del producto final como contribuyentes al proyecto con sus impuestos; ayuntamientos que destaquen estas iniciativas; estado y comunidad económica que promueva las iniciativas y dirija los fondos y, empresas que los lleven a cabo.

Un ejemplo muy localizado es el que encontramos en levante, donde varias ciudades están usando los Fondos Feder para levantar la plataforma Cool Routing, un proyecto cuyo objetivo es desarrollar un sistema que permita planificar, organizar y optimizar rutas de reparto para vehículos eléctricos con carga refrigerada. A la dificultad del cálculo de una ruta para vehículo eléctrico que recorra el mínimo número de puntos de recarga en su recorrido, se agrega la necesidad de mantener refrigerado el cajón.

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Gran parte de estos proyectos son escalables y pueden trasladarse de unos entornos a otros, aprendiendo en el proceso y generando nueva tecnología asociada. Es el caso de los proyectos SALSA en La Habana o el nuTonomy en Singapur. Ambas ciudades, cada una con su particularidad, han encontrado en el vehículo eléctrico la salida a alguno de sus problemas y han buscado la tecnología fuera.

En La Habana (Cuba) quieren cortar la dependencia del petróleo, saltando a vehículos eléctricos cuya energía proceda únicamente de fuentes renovables. Para ello, la AEDIVE (Asociación Española para el Desarrollo e Impulso del Vehículo Eléctrico) está presente en el país aportando su experiencia.

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En Singapur, el problema es diferente y se busca que los taxis sean autónomos para 2018. Para ello están haciendo pruebas con algunos ZOE modificados para la ocasión que ya dan a día de hoy paseos gratuitos a quienes decidan usarlos.

El caso cubano es un ejemplo de la exportación de conocimiento para la creación de una smart city, pero es muy posible que la tecnología que ahora está generando Singapur haya que comprarla en algún momento. Una pregunta clave suele ser ¿Conviene comprar o desarrollar tecnología?.

¿Cuánto cuesta una smart city y en cuánto tiempo se amortiza?

En euros de dinero público (ya venga del ayuntamiento, gobierno o comunidad económica), de decenas de millones a cientos con casi total probabilidad. Incluso la ciudad más modesta, a nada que tome de la mano cuatro o cinco proyectos a largo plazo, estará invirtiendo una cantidad significativa del dinero de sus ciudadanos en… ¿en qué?

En la propia calidad de vida de los mismos. En un mayor disfrute de la ciudad y, en la estabilidad económica de la zona, además de factores medioambientales, sociales y educativos. En la actualidad hay varios grandes modos en los que se amortiza una ciudad inteligente.

  • Por la propia ciudadanía, que paga la totalidad o parte del servicio prestado.
  • Por la amortización pasiva de algún bien, como es el ahorro en combustible y electricidad con un asfalto de mayor calidad.
  • Mediante la venta o alquiler del conocimiento adquirido durante el desarrollo.

Suena paradójico, pero el coste de una ciudad inteligente no solo es una partida de gasto con un signo negativo delante, sino una de inversión futura en el que el coste se amortiza en un periodo corto (en términos de ciudad) de unos cinco a diez años.

La alternativa a la inversión presente para el desarrollo y posterior venta de una tecnología o proyecto, es la compra futura de esa misma tecnología cuando otra ciudad, estado o continente la haya desarrollado. En otras palabras, pasa a ser un gasto por inversión a un gasto necesario sin retorno de capital.

Es por eso que los ayuntamientos de todas las ciudades del mundo occidentalizado tratan por todos los medios de sembrar start-ups a las que encargar distintos proyectos y metas, dado que serán futuras entradas de capital.

El coste de invertir en una smart city es elevado, pero el coste de no hacerlo será aún mayor.

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Imágenes | iStock/Pogonici, iStock/davidcreacion, iStock/allensima, nuTonomy

 

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