La calidad del aire en una smart city

Poco a poco está surgiendo un movimiento por parte de los ayuntamientos de tolerancia cero a la polución del aire ante la contaminación

Los estudios sobre la calidad del aire no son nada nuevo. Ya en la década de 1860 nacían los primeros reportes sobre cómo las poblaciones cercanas a las fábricas tenían un cielo más oscuro, o lo que esto tenía que ver con la salud. Sin embargo, gracias a los avances en medición y la actual regulación europea, hoy día disponemos de datos fiables y objetivos al respecto.

Gracias a ellos podemos saber en qué zonas de una ciudad el aire es más puro, a qué hora es aconsejable no salir a hacer deporte (incluso hay aplicaciones al respecto) o cómo usaremos el vehículo eléctrico para eliminar de una vez por todas la boina de nuestras ciudades.

¿Cómo se mide la calidad del aire?

El aire es una mezcla homogénea de diferentes gases cuya concentración es fija, junto con el vapor de agua, de concentración variable. En este periodo de la historia de la Tierra, el aire no siempre ha tenido la misma composición, e incluso hubo un tiempo en que ni existió. El aire seco se compone de los siguientes gases:

Composición de la atmósfera en % por volumen. Fuente: Marcos Martínez. Datos: F.J.Gálvez et al., 1998
Composición de la atmósfera en % por volumen. Fuente: Marcos Martínez. Datos: F.J.Gálvez et al., 1998

A pesar de que elementos como el dióxido de carbono tienen una representación muy baja, una variación mínima en la concentración cambia las propiedades de transmisión de la radiación en la atmósfera (qué parte del calor queda retenido en la Tierra). Es precisamente esa propiedad la que se usa para saber cuántas partes por millón (ppm) de CO2 hay en el aire.

En las ciudades, a pie de calle o parque, se pueden colocar estaciones de medida en las que entra una cantidad de aire controlada, y sobre la que incide un láser. Cuanta más energía sea capaz de absorber el aire, más concentración de CO2 habrá dentro. Pero hay métodos más sofisticados, como el OCO-2, un observatorio de carbón en órbita.

Observatorio de Carbono en Órbita. Cortesía de NASA / JPL-Caltech
Observatorio de Carbono en Órbita. Cortesía de NASA / JPL-Caltech

El OCO usa un sistema similar, pero a gran distancia: mide la luz rebotada desde la Tierra para saber cuánta energía solar rebota. Se presta especial atención a aquellas partículas cuya alta concentración provoca el efecto invernadero (CO2, CH4, NO2, N2O…).

¿Qué cantidades son aceptables para la salud?

En materia de salud, la OMS se centra no tanto en el CO2, sino en partículas como el ozono troposférico (O3), el dióxido de nitrógeno (NO2) y el dióxido de azufre (SO2); o, además del material particulado (al que se suele llamar MP). El motivo de dejar relativamente de lado el CO2 es que los otros tres son más peligrosos para nuestra salud.

Debido a que «se considera que el aire limpio es un requisito básico de la salud y bienestar humanos», la OMS advirtió en 2005 sobre los límites máximos de estos elementos necesarios, en la atmósfera pero cuyo exceso resulta perjudicial. Además advierte de la contaminación generada por los vehículos hasta la fecha en las ciudades.

Aunque resulta un poco técnico, advierte (por ejemplo) que las partículas MP de 2,5 μm de diámetro no deben sobrepasar la concentración de 10 μg/m3 como media anual o los 25 μg/m3 de media diaria de concentración; es decir, ha establecido unos límites.

¿Cómo podemos evitar llegar a los límites perjudiciales?

En algunas zonas del mundo estos límites se alcanzaron hace décadas, mientras que en otros nunca llegaron a aparecer antes de que se tomasen las medidas necesarias. La generación de energía limpia es una de esas medidas, ya que el procesado de combustibles fósiles en las plantas eléctricas supone un punto crítico de contaminación, así como lo son las ciudades.

Los entornos urbanos son uno de los mayores focos de partículas peligrosas, y es debido a los vehículos de combustión (entre los que se incluyen los aviones). Pero cada vez más, las propuestas urbanas de cara a los gobiernos y las soluciones que el ciudadano empuña a diario en las calles están no solo no contaminando, sino limpiando el aire.

Nos referimos a vehículos eléctricos como el Renault ZOE. Vehículos eléctricos limpios que no liberan ningún tipo de partícula a la atmósfera. Por cada kilómetro que un ZOE recorre, se está evitando liberar 148 g de CO2. O lo que es lo mismo: una persona que invierta en este vehículo y que trabaje a 20 km de su casa evitará liberar 1280 toneladas de CO2 al año.

El papel de los ayuntamientos

Poco a poco está surgiendo un movimiento de tolerancia cero a la polución del aire ante todo tipo de contaminación por parte de los ayuntamientos, focalizándose en los vehículos. De un par de años a esta parte han sido polémicas las medidas tomadas por ciudades como París, Barcelona o Madrid en tanto a los límites de contaminación.

En esencia, estas tres ciudades están modulando protocolos que se activan una vez alcanzado un determinado nivel de ppm. Las primeras medidas son la de la bajada de velocidad en vías urbanas, lo que reduce mucho las emisiones. Pero si los niveles permanecen altos (como en épocas de pocas lluvias) existen opciones de último recurso para evitar que los vehículos que no sean eléctricos entren en los cascos urbanos.

Ámsterdam es quizá la ciudad que más ventaja saca al resto en materia medioambiental, y para 2025 tan solo podrán entrar los vehículos eléctricos.

Quizá en un tiempo esas aplicaciones que te indican el mejor momento del día para salir a correr ya no sean necesarias, y el OCO-2 de la NASA se use para metas más elevadas. Pero, de momento, habrá que mantener el CO2 vigilado para mantener la salud de los ciudadanos.

En Corriente Eléctrica | El Eixample de Barcelona, ¿un proyecto de smart city en 1860?

Imagen de portada | Vehículo verde (iStock/kazoka30) , Renault ZOE (iStock/JesusFernandez32)

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