Por qué el silencio es importante en nuestras vidas

Se puede hablar ya de una población con pérdidas auditivas a causa de los constantes molestias acústicas que sufrimos. Las ordenanzas municipales y las leyes que marcan el máximo de decibelios permitidos son la única defensa con la que contamos.

Decía Sigmund Freud en “El malestar en la cultura” que el hombre sólo es capaz de sentir la dicha por contraste. Nuestra naturaleza nos obliga a disfrutar únicamente del choque de sensaciones y no de la estabilidad; sólo somos felices cuando satisfacemos “necesidades acumuladas que han alcanzado un punto elevado de tensión”.

Es el mismo mecanismo de la psique que podríamos aplicar a nuestra relación con el ruido: basta escuchar una taladradora, la alarma de un coche que salta o una radial durante unos minutos para sentir ese descanso cuando por fin llega el silencio. Efectivamente, se necesita oír ruido para apreciar el verdadero valor del silencio.

Un mundo ruidoso

Y en esta sociedad actual hemos acostumbrado al cerebro a vivir en una algarabía constante. Nuestro mundo es un barullo al que no dejamos de sumarle ruidos; la contaminación acústica es un problema en ciudades superpobladas de China o la India, según el informe de “Indice mundial de audición” llevado a cabo por Mimi Hearing Technologies GmbH, cruzando datos con la OMS (Organización mundial de la Salud).

Los resultados son preocupantes: se puede hablar ya de población con pérdidas auditivas a causa de los constantes molestias acústicas que sufrimos. Las ordenanzas municipales y las leyes que marcan el máximo de decibelios permitidos son la única defensa con la que contamos. La invención del coche eléctrico es una respuesta a éste y otros problemas de contaminación medioambiental. Pero la vida en la ciudad es, inevitablemente, un ruido que no cesa.

Para nuestro cerebro, toda esa colección de sonidos es el equivalente a la sala de un casino de Las Vegas: estímulos de todo tipo clamando por ser atendidos. Procesar todo esta información es agotador, hasta para una máquina tan eficaz y potente como el cerebro. Él también necesita parar. Pero es que además, durante estas pausas, aprovecha para regenerarse y colocar la información en su sitio, entre otras funciones.

Claro que es difícil, a no ser que te alejes de todo y de todos como este monje georgiano que habita un monasterio sobre una afilada roca de metros de altura. Y aún así, tendrá que vérselas con los sonidos de la naturaleza.

 

Porque el silencio absoluto no existe: tendríamos que recrearlo en una cámara anecoica que absorbe el 99,9% del ruido; y que, al parecer, acaba por desquiciar a quien la prueba. El silencio extremo prolongado tampoco es bueno. Pero sí el tomarse una pausa para cerrar los ojos y no escuchar. Al menos, alejarse lo máximo posible de toda fuente sonora, pero también visual: la información que nos llega por otros canales, cuando llega en exceso, también puede convertirse en ruido.

Una pausa necesaria

Está claro que la solución no es retirarse del mundo ni hacer voto de silencio como los monjes cartujos. Ni siquiera se trata de hacer mindfulness (aunque si además tienes estrés, te va a venir bien). El ejercicio va de incluir pequeñas pausas de silencio en nuestra rutina habitual. Por prescripción médica: así lo han descubierto un grupo de científicos alemanes al estudiar a ratones en el laboratorio.

Una pausa de silencio cada dos horas se tradujo en los cerebros de los pequeños roedores en un proceso de regeneración celular. Durante el silencio, pues, el cerebro recarga sus pilas, creando nuevas células en el hipocampo. Este área es responsable, entre otras funciones, de la memoria y el aprendizaje.

Huyendo del pensamiento

Según la psicología, el ruido es para ciertas personas una respuesta de huida. Hay quienes necesitan hablar mucho, acaparar el tiempo y el espacio, ser los protagonistas de la conversación… generar ruido en definitiva. Lo hacen para evitar enfrentarse a sus propios pensamientos. Buscan en los estímulos externos lo que no encuentran en su interior. El silencio, para estas personas, funcionaría como una terapia de humildad, que les daría la posibilidad de realizar una autocrítica (constructiva) y aprender de sus errores.

Reflexionar, juzgar, valorar, reordenar, tomar decisiones… Son sólo posibles desde el absoluto silencio, dejando que sea la voz interior la que tome el mando. Pero sabiendo que somos nosotros los que mandamos (o deberíamos mandar) sobre el pensamiento. El silencio sólo es bueno si se usa de una forma constructiva.

Nada calma más que un minuto de silencio, cuando el estrés nos lleva a una situación límite. Ese silencio es mucho más que una ausencia de ruido: es el momento en el que nuestro cerebro vuelve a su sitio. Precisamente, el ruido constante es una de las causas del repunte de casos de ansiedad y estrés que vive la sociedad actual.

También hay ruido bueno

Se llama “ruido blanco” y es una composición de ruidos que guardan armonía. Al no haber frecuencias especialmente agudas o graves que destaquen, el ruido blanco se convierte en un murmullo constante que te permite dormir mejor; pero también proporcionarte un sonido ambiente relajante para trabajar. Está especialmente indicado para los que sufren los molestos tinnutus (la disfunción acústica que consiste en oír pitidos).

El propio ruido que generamos también puede ser una fuente de relajación. El simple hecho de concentrarse en la respiración es suficiente para que nuestro organismo vaya bajando de revoluciones. Los budistas lo llaman Anapanasati o Meditación de atención consciente a la respiración. Es la forma más básica de meditación: prepara la mente para escuchar el silencio.

Fotos | Unsplash: Patrick Hendry , Nathan McBride , Kristina Flour

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