¿Vives en un laboratorio urbano? Así se experimenta en una ciudad inteligente

El living lab o laboratorio urbano convierte las smart cities en un modelo de ciudad en constante prueba, cambio y mejora.

Laboratorio y experimentación acuden a nuestra mente en forma de sala blanca, aséptica y llena de cobayas. Pero las ciudades inteligentes están dando la vuelta a este concepto, un tanto peyorativo. El living lab o laboratorio urbano convierte las smart cities en un modelo de ciudad en constante prueba, cambio y mejora.

Estas pruebas, bajo el principio de que solo se puede avanzar experimentando, escapan a las condiciones ideales de laboratorio que nunca se dan en la realidad. Así, dan durante su testeo un servicio real a la ciudadanía y mejoran poco a poco la calidad de vida en la ciudad.

El laboratorio no es la realidad

La expresión «condiciones de laboratorio» alude a que lo que ocurre en el laboratorio no tiene por qué darse fuera de él. Porque en el laboratorio todo está medido, mientras que en la calle esto no ocurre. Los imprevistos suceden de manera constante y de formas que no siempre podemos imaginarnos.

Por ejemplo, una de las grandes barreras que tuvieron los vehículos autónomos cuando salieron de sus circuitos blancos de pruebas (en los que todo estaba medido al milímetro) es que los ciudadanos corrientes somos laxos con la normativa de tráfico. Cruzamos por donde no debemos, cambiamos de carril sin dar el intermitente o frenamos de golpe. Los humanos no somos muy predecibles, y la inteligencia artificial debe adaptarse a eso fuera de un laboratorio aséptico. De ahí que sea necesario probar los nuevos productos y servicios a pie de calle. En un entorno real y amplio, con los problemas asociados a la interacción diaria.

Segmentar ciudades para hacer pruebas

Segmentar es otra de esas palabras con carga negativa, aunque solo signifique dividir. La segmentación de las ciudades, ya sea por barrios o bloques, ayuda a crear diferentes condiciones de prueba para ver cuáles están funcionando y cuáles no. Veamos un ejemplo con las supermanzanas de Barcelona.

laboratorio urbano superblock

Las supermanzanas, probadas con éxito en el centro de Nueva York, Boston o Nueva Orleans o San Sebastián, pretenden ser una isla de paz peatonal a la par que permitir a la movilidad desarrollarse como hasta ahora. Dos condiciones que muchos piensan contrarias pero que tienen un término medio que beneficia a ambos conjuntos de la población.

Si todo Barcelona se hubiese convertido en un centenar de supermanzanas no habría manera de comprobar a largo plazo si estas funcionan como se espera o no. En lugar de eso, se están testando en cinco puntos de la ciudad condal para así poder comparar el tráfico y calidad de vida en sus inmediaciones y en puntos alejados de ellas.

Estas supermanzanas aprovechan el hecho de que Barcelona tiene una estructura cartesiana (de rejilla), en la que es fácil hacer pruebas. Este es un modo de segmentar la ciudad. Como cada ciudad es diferente, cada laboratorio urbano es un mundo aparte.

Ciudades que son un laboratorio gigante

Otras ciudades usan como laboratorio urbano toda la su extensión, haciendo la segmentación en proyectos, como el caso de Santander. Esta ciudad arrancó en el año 2009 dividiendo el mismo territorio en base a una serie de proyectos de smart city que se extendían a modo de capas sobre la urbe.

Estos proyectos podían o no guardar relación, y se basaban en 12.000 sensores colocados por toda la ciudad. Por ejemplo, dos de estos proyectos, orientados en parte a mejorar la movilidad, eran los de recogida de residuos cuando el contenedor estuviese lleno (sensor de presión) y la sensorización de plazas de aparcamiento (sensor de presencia magnética). Junto a ellos había otros, superpuestos en la misma ciudad, como el detector de partículas nocivas como CO2 o NOx. O los códigos QR colocados de cara a que los turistas pudiesen obtener información.

laboratorio urbano santander smart city

 

Otra ciudad que puso en marcha una iniciativa en todo su perímetro es Málaga, que con su proyecto Zem2All puso 200 vehículos eléctricos a disposición de los ciudadanos con resultados sorprendentes.

Laboratorios ciudadanos

Las ideas no tienen por qué venir de ayuntamientos preocupados por el medio ambiente y la salud de sus ciudadanos, o las empresas tecnológicas. Los laboratorios urbanos también nacen de la ciudadanía, como proyectos del tipo Moneda BioRegional, nacidos en laboratorios como MediaLab-Prado.

Mónica Cuende, impulsora de esta idea, comentaba en una charla que «cada día tiramos 2500 toneladas de materia orgánica al vertedero de Valdemingómez» (uno de los muchos vertederos de orgánico de nuestro país) y que con ello no se hacía absolutamente nada.

laboratorio urbano madrid agroecológico

De modo que en 2015 un grupo de vecinos de Madrid se reunieron en MediaLab-Prado y diseñaron «una moneda social cuyo valor se genera a partir de la materia orgánica recuperada por agrocompostaje». Bajo el eslogan «tu basura vale verdura» empezaron a recuperar materia orgánica que distribuían en huertas de la zona de las que salían verduras.

Los vecinos donantes de materia orgánica con la que compostar obtienen vales para comprar hortalizas de los mismos agricultores que compostan esos residuos para abonar sus huertas.

Esta es tan solo una idea curiosa de la decena de propuestas que salen de un único laboratorio urbano cada año. Y por suerte hay cientos en todo el mundo preocupados por la economía circular y un bajo impacto en la naturaleza.

Las ciudades intercambian lo aprendido para mejorar

Este tipo de experimentos no caen en saco roto, ni siquiera cuando no salen como se preveía o los proyectos se detienen antes de tiempo. De todo laboratorio urbano surgen ideas de negocio al encontrarse con diferentes barreras futuras que superar. Y estas ayudan a costear la siguiente investigación en la smart city.

En el caso de Málaga, el proyecto Zem2All ya ha atraído compradores de fuera. Delegaciones extranjeras, como la de Zhengzhoy en China, visitan la ciudad en busca de ideas. No buscan solo saber qué es lo que salió bien de la implantación de cientos de puntos de carga, sino también todo aquello que salió de un modo imprevisto o que obstaculizó el proyecto. Así, tomarán el relevo en su ciudad, mejorarán el proyecto y volverán a compartirlo de nuevo con el resto de ciudades del mundo en una carrera de relevos global en la que nos jugamos el medio ambiente.

Otras veces el final del proyecto cristaliza con éxito en líneas de negocio para la ciudad, como en el caso de Santander smart city. Las compañías como NTT West y NEC corporation, estudiando diferentes «líneas de trabajo con socios tecnológicos, ciudades y empresas de distintos países» llegaron a Santander en busca de la tecnología que lleva desarrollándose durante casi una década.

No es de extrañar que esto ocurra cuando la televisión francesa se interesa por el proyecto de tu ciudad o  el Ministerio de Medio Ambiente de Turquía envía una delegación a aprender.

Hay métodos de colaboración que incluyen a más de una ciudad. Lo que aprende una ciudad puede compartirlo con una ciudad hermana, pero también puede compartirlo con un foro de ciudades. Algunos ejemplos de estos foros son el Smart Island World Congress de Mallorca, que aglutina miles de islas de todo el mundo; o el Smart City World Congress de Barcelona, en el que ciudades de todo el mundo se unen para mejorar.

 

Los laboratorios urbanos se están expandiendo dado que son magnífico un modo de progresar probando diferentes alternativas. Basta con que cada barrio promueva un tipo de participación diferente para, probada un tiempo, sea compartida con todos los demás para mejorar todos.

Ya sea por barrios, ciudades, islas, países o continentes, o grupos como Diamante Caribe (que engloban todo ello), la experimentación es el motor del cambio. Los laboratorios urbanos mejoran la ciudad día a día, demostrándonos que la zona de confort es cómoda, pero mejorable.

Imágenes | iStock/julief514, Vox, Santander Smart City, iStock/julief514

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