¿Y si usásemos el CO2 o la energía como moneda?

El CO2 como moneda y como techo de gasto medioambiental ya existe, está siendo aplicado por la Unión Europea y es útil. ¿Podríamos bajar a la microeconomía este tipo de cuota?

Los sistemas económicos no son rígidos, y desde la antigüedad hemos usado un número inabarcable de métodos de pago. Cuentas, piedras, objetos, comida, metales, sales varias, ¡vidas humanas!, monedas, papel, billetes, electrones corriendo por un ordenador, y otros. ¿Podemos usar el CO2 o la energía como moneda?

Quizá una cuota de CO2 semanal, mensual o anual a no rebasar. Un techo de gasto personal para evitar contaminar el planeta. O un máximo de MWh por persona y semana que palie nuestro impacto ambiental. ¿Y si los 41 kWh de tu ZOE no costasen dinero sino que fuesen dinero? Lo analizamos.

¿El CO2 como límite económico y la energía como moneda de cambio legal?

Sobre el papel, un sistema similar funciona bastante bien, pero en la práctica se vuelve complejo. El 15 de agosto de 2016, la Fundación Henrich Böll Stiftung publicó un ensayo titulado La métrica del carbono: ¿el CO2 como medida de todas las cosas? en el que se abordaba la complejidad del tema.

Y es que hay dos maneras de pensar en el CO2 y la energía como moneda, ambas con sus pros y sus contras, sus maravillas y sus imposibles.

El CO2 como techo de gasto, y la energía como moneda

En una de estos modos de pensar en el CO2 y la energía, se establece el CO2 como un límite, tomando cuánto podemos liberar a la atmósfera sin peligro y dividiéndolo entre las personas. Esto realmente no es una moneda, sino una barrera o límite al gasto (a la emisión), y necesita de algo que haga de moneda.

Ese algo son dos valores con los que en Corriente Eléctrica estamos familiarizados:

  • MWh como moneda de cambio legal. Por ejemplo, una persona con un electrodoméstico A+++ gastaría menos energía (y por tanto menos dinero) que alguien con un electrodoméstico A+. O una persona con un ZOE sería alguien con 41 kWh de capital eléctrico encima.
  • MW como velocidad a la que podemos gastar esa moneda. Esta otra barrera es necesaria para evitar picos de potencia, así como que podamos almacenar nuestra moneda energética.

Es una enorme diferencia con respecto a la moneda de curso legal actual y sitúa al CO2 y la energía en el mismo plano de funcionamiento que tenía el trueque de objetos caducos hace milenios, aunque por distintos motivos. Si en el siglo II tenías 500 kg de trigo, no podías almacenarlos de manera indefinida porque perderían valor a medida que se estropeasen.

Si en este sistema posees 500 MWh no deberías poder almacenarlos de manera indefinida porque, si todos hacemos eso y los usamos de golpe, podríamos causar un grave desequilibrio ambiental. La energía no se estropea ni es caduca, pero el medio ambiente es un sistema delicado que tiene límites.

CO2 como moneda CO2 as money CO2 f(r)iction

Esta idea no es nueva, y como explicaremos más adelante lleva usándose más de una década en macroeconomía. Pero ha habido varios intentos de trasladar el mensaje del CO2 como moneda a la economía de calle.

El estudio Gregory Lacoua presentó en 2009 una exposición llamada CO2 f(r)iction. Sin más ánimo que de hacernos pensar en esa posibilidad: la idea presentada por Lacoua era la de usar créditos basados en CO2 capturado por árboles.

CO2 como moneda CO2 as money CO2 f(r)iction

La vegetación es realmente eficiente cogiendo la contaminación atmosférica y convirtiéndola en su estructura. De ahí que muchos municipios quieran convertirse en la ciudad más verde. Monedas físicas talladas de sumideros de carbono es sin duda un tipo de moneda estable y sostenible. Aunque, por supuesto, también es tremendamente complejo.

El CO2 como créditos o derechos de emisión

Viendo monedas de madera el lector puede pensar que esto es absurdo y descabellado, especialmente si tenemos el conocido y estable euro. Sin embargo, no siempre hemos usado euros. Ni siquiera monedas en según qué civilizaciones, y todo apunta a que las criptomonedas virtuales serán algo común en pocas décadas.

Además, la Unión Europea lleva usando un sistema similar desde 2005, cuando se hizo vigente la Directiva 2003/87/CE «por la que se establece un régimen para el comercio de derechos de emisión de gases de efecto invernadero en la Comunidad [Europea]». En palabras algo más llanas, se permite comprar y vender el derecho a liberar CO2 a la atmósfera. Estos derechos de emisión han sido calculados bajo un paraguas de cupo máximo.

El CO2 como créditos o derechos de emisión

Por ejemplo, si se estima que el planeta puede aguantar 100 unidades contaminación sin sufrir daños y somos 40 países, a cada país se le permite liberar dos unidades a la atmósfera, y aún así quedarían 20 unidades de contaminación sin emitir (100 – 40·2 = 20). Hasta aquí, la teoría, es lo fácil.

Lo complicado viene cuando algunos países industrializados emiten 3, 4 o 5 de unidades, superando con mucho el límite; y otros países menos industrializados o más respetuosos con el medio ambiente, emiten una unidad o ninguna. E incluso países que han aumentado durante décadas los sumideros de carbono y contabilizan como -1, -2, -3… sus emisiones de GEI.

Este desequilibrio en emisiones de gases de efecto invernadero fomenta la compra-venta de derechos de emisión. Países que contaminan más pagan multas millonarias que van a parar a aquellos países que han contaminado menos. No es una utopía, pero es complejo sacarlo de la macroeconomía y de un sistema global para trasladarlo al mercado a pie de calle.

Cuantificar el carbono es relativamente fácil, pero ponerle un precio no

Tanto si usamos un sistema u otro, lo primero que hace falta es calcular cuánto CO2 podemos liberar a la atmósfera entre toda la humanidad sin perjudicar al medio ambiente. Una medida no solo compleja a gran escala, sino también bastante polémica. Hay que tener en cuenta fuentes de gases de efecto invernadero naturales, como los volcanes, así como los sumideros de carbono que nos ayudan a secuestrar CO2.

CO2 emisión de carbono volcán

Tras esto llega otra medida conflictiva, dividir la tarta de lo que podemos contaminar entre los 7.347 millones de personas del planeta (dato de 2015 que seguirá subiendo). ¿Quien parte y reparte –como se suele decir– se lleva la mejor parte? ¿Qué países, comunidades, ciudades o ciudadanos tienen derecho a más o menos créditos de carbono, y por qué?

Hoy día, gracias a las calculadoras de CO2 y a la informatización, no es difícil saber cuánto CO2 emites para ir al trabajo. Así como los porcentajes de energía limpia y energía sucia que se usan.

Sin embargo, uno de los mayores problemas no está en medir o repartir lo medido. Está en cómo trasponer nuestro mercado de divisas y materias primas a un sistema de derechos de emisión de CO2. Euros y dólares, entre otras monedas, son un tipo de valor desligado del medio ambiente. Es decir, no hay una relación directa entre euros gastados y árboles talados o árboles plantados. Algo que no ocurre con el CO2 y la energía.

co2 secuestro de carbono

Sabemos cuánto CO2 implica la tala de un árbol, así como plantar un bosque. Sabemos en todo momento, de hecho es un valor constante, cuánta energía cuesta cargar un coche eléctrico. Pero los euros varían en base al coste del kWh. Como cada vez es más asequible generar un vatio con fuentes renovables, cada vez cuesta menos euros cargar 1 kWh.

El mismo razonamiento se puede hacer para vehículos térmicos. Sabemos cuánto contamina un diésel o un gasolina en CO2 y otros gases de efecto invernadero. Conocemos su impacto medioambiental. Sin embargo, si los combustibles fósiles siguen subiendo de precio como lo hacen, nunca estaremos seguros de lo que nos costará la gasolina de aquí a unos años.

El problema del simplismo del CO2

De modo que el CO2 como moneda y como techo de gasto medioambiental ya existe, está siendo aplicado por la Unión Europea y es útil. Además, gracias a que cada vez conocemos mejor nuestros coches, sistemas de climatización, electrodomésticos, etc, podríamos bajar a la microeconomía este tipo de cuota de CO2.

Hoy día todos tenemos un smartphone donde leemos la duración de la batería. ¿Por qué no también leer el porcentaje restante de nuestra cuota de carbono? ¿Dónde está el problema, y por qué no lo aplicamos ya?

El mayor problema de estos sistemas es el simplismo con el que se tratan los sistemas naturales. Aunque hoy día sabemos que hay una relación apreciable entre el CO2 atmosférico y la salud de los ecosistemas, no es la única medida a tener en cuenta. Aquí hemos hablado de factores como el ruido ambiental como un tipo de contaminación urbana, y hemos tratado las ventajas de disminuir su impacto sobre las personas.

Al igual que una ciudad tiene más de una manera de estar contaminada, los entornos naturales tienen otros valores y parámetros que no podemos obviar, y que complican mucho el uso del CO2 como moneda.

Entre otros, recogidos en La métrica del carbono: ¿el CO2 como medida de todas las cosas?, la «elevación de la temperatura atmosférica […] la acelerada pérdida de biodiversidad y la agrodiversidad, la erosión y […] la degradación de los suelos cultivables, la pérdida de agua dulce y la deforestación».

 

CO2 deforestación biodiverdidad

Tenemos la tecnología para medir el CO2 y la energía eléctrica que consumimos a diario, de modo que a nivel técnico es viable usar estos como moneda. Sin embargo hay muchos factores sociales, de ideas o económicos que habría que ir limando a lo largo de muchos años. Hoy día ya se comercia con CO2 para crear «un incentivo o desincentivo económico que persigue un beneficio medioambiental», aunque como hemos visto a este tipo de mercado le faltan otros valores medioambientales que habría que incluir. ¿Si usaremos los kWh de nuestro coche eléctrico como moneda algún día? Es posible, pero de momento podemos convertirlos en 300 km para viajar.

 

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Imágenes | iStock/tern99, Gregory Lacoua ©, iStock/myella, Buzz Andersen, Paul Summers, iStock/blew_i

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