Un mundo sin plástico: cómo es la vida sin plástico

Cómo es la vida sin plástico

¿Es posible vivir sin plástico en una sociedad que produce millones de toneladas de residuos anuales de este material?

El plástico se ha convertido en un problema para el planeta, especialmente para los océanos. Algunas personas han empezado a reaccionar ante esta situación y ya aportan su grano de arena para, si no cambiarla, al menos paliar el daño: han descartado totalmente el plástico de sus vidas y lo han eliminado de su lista de la compra. ¿Puede hacerse? No es nada sencillo, pero sí, es posible.

¿Qué está pasando con el plástico?

El plástico, la mayor amenaza del mar

Gran parte de nuestra basura termina en el agua. Es la que no se gestiona adecuadamente y acaba siendo arrastrada hasta los océanos, donde se acumula en ocasiones formando una gran capa plástica (de botellas, bolsas y otros residuos de este material) sobre la superficie que vaga sin rumbo.

Las consecuencias son desastrosas para la fauna marina. Según Greenpeace, el plástico representa el 80% de la contaminación que afecta a los mares, a los que llegan cada año en cantidades masivas: de los 300 millones de toneladas de residuos de este material que producimos anualmente, se calcula que ocho millones acaban flotando y sus fragmentos, en el estómago de los animales marinos.

Pero también son un problema en tierra firme, allí donde no existen sistemas de reciclaje o son ineficaces. Ocurre en muchos países africanos en los que el plástico se acumula en grandes vertederos. Por eso en Kenia, Marruecos o Ruanda ya se han prohibido las bolsas de un solo uso para la compra. En España adoptaremos una ley similar, a partir de 2020.

Otro gran asunto a resolver es el de uno de los productos de plástico cuyo uso está más extendido: el de las botellas de plástico, principalmente de agua. Primero, porque son contaminantes per se: para obtener el tereftalato de polietileno (o PET, principal componente de estas botellas) hay que procesar petróleo. Sólo extraerlo deja una huella en el planeta.

Además, hay que añadir el coste ambiental y el consumo de recursos que supone todo el proceso desde la recogida hasta la distribución: irónicamente, se necesitan tres litros de agua por cada litro que se embotella. Y su producción supone la emisión de toneladas de CO2 a la atmósfera, con las consecuentes repercusiones (como ya sabemos) para la situación climática del planeta.

Se suma el inconveniente de la gestión. Si no se recicla y acaba en la naturaleza, estará allí durante varios siglos: es lo que tarda en descomponerse el PET, puesto que es reutilizable (se puede fabricar hasta ropa con las fibras que se extraen al gestionar su reciclado) pero no biodegradable. Afortunadamente, para ayudar en esta tarea existen compañías como WasteZero, que proporcionan recursos (en forma de ideas y proyectos) para gestionar de forma inteligente y ecológica los residuos.

Por todos estos motivos, en EEUU, unos auténticos amantes del agua embotellada de uso individual, han sido los primeros en dar ejemplo. San Francisco ha prohibido la venta de agua de un solo uso (las botellas pequeñas) en lugares públicos y la misma medida se ha tomado a lo largo del país en instituciones públicas, como en los parques nacionales o en algunas universidades.

Pero las bolsas o las botellas son solo la punta de un metafórico iceberg de plástico. Éste está presente en prácticamente cualquier cosa que consumimos cuando compramos en un supermercado: ¿qué producto —de higiene, de alimentación y de primera necesidad— no viene presentado en un formato que no incluya plástico? Puede comprobarse fácilmente echando un vistazo a la compra: si se renuncia a este material, ¿cuántas cosas desaparecerían del carrito?

La cultura del consumo únicamente en grandes superficies en lugar de en pequeños comercios y del envasado masivo de los alimentos que consumimos ha llenado las neveras y los armarios de los hogares de ingentes cantidades de plástico. De ahí el enorme reto que supone eliminarlo por completo del día a día.

Cómo vivir sin plástico

Fernando Gómez y Patricia Reina, que se declaran “aprendices del minimalismo residual” son un ejemplo de que se puede vivir sin plástico. Supone un esfuerzo, pero todo es cuestión de acostumbrarse a esa nueva dinámica. Ellos ya llevan dos años haciéndolo. Su conciencia ecológica les condujo a ello, como hay quien decide cambiar su vehículo convencional por uno eléctrico, consciente del problema de la contaminación de la atmósfera.

Cuenta Fernando en una entrevista para los informativos de Cuatro que esa conciencia se terminó de despertar cuando compró una ensalada en el súper, lista para comer. Y descubrió horrorizado la cantidad de plástico que se había utilizado para que él pudiera comer “sano”: para la base de lechuga, para los ingredientes de la mezcla, para la salsa con la que se adereza (un sobre aparte) y para el tenedor que acompaña todo el pack. Fue el primer paso antes de “abrir los ojos y comprender que lo que esta sociedad considera “normal” es un sinsentido”, afirman en su blog.

Cuando decidieron dejar de consumir plástico, a esas ensaladas para llevar se sumó una larguísima lista de productos que, o bien usan plástico en su embalaje o se venden en recipientes de plástico o contienen este elemento en su composición. Con estos requisitos quedan fuera desde los cepillos de dientes hasta el papel higiénico. Pero también una tarjeta de crédito o un juego de scrabble. El plástico está en (casi) todo.

Una iniciativa similar es la que inició una ecologista convencida, la francesa afincada en California Bea Johnson. Con el ‘Zero Waste’ (cero desperdicios) por bandera, lleva desde 2008 tratando de reducir al mínimo los residuos que tanto ella como su familia generan. Difunde sus consejos y su estilo de vida en el blog Zero Waste Home, pero también a través de charlas y conferencias por todo el mundo.

Por suerte para gente como Bea, Fernando o Pilar, hay alternativas ecológicas para conseguir generar menos residuos, especialmente plásticos, aunque para algunos productos es más complicado que para otros, como es el caso del papel higiénico, que siempre se presenta en este tipo de embalaje. Hay cepillos de dientes con mango de bambú especial de cultivo está controlado y cerdas de nylon, que sí es biodegradable. Existen los champús sólidos (en forma de pastilla). Y se admite todo lo que venga envasado en cartón o pueda comprarse suelto y transportar en una bolsa de tela o de papel, en lugar de en una bandeja de poliestireno (que también se obtiene a partir del petróleo) cubierta de papel film. Se pueden cambiar las botellas de plástico por botellas de vidrio o de acero inoxidable. O usar una jarra con filtro de carbón activo (aunque estos contienen plástico, así que sería en todo caso el mal menor).

Los comercios que venden a granel (y en general, el pequeño comercio) son los grandes aliados de estas personas que intentan cambiar su forma de consumo a una más ecológica. O al menos, que no implique contribuir a hacer más grande la montaña anual de residuos plásticos ni a la contaminación y uso de recursos que implica su fabricación, incluidas las millones de toneladas de aditivos que ésta requiere.

Desde legumbres hasta detergentes, en bolsas de papel o rellenando botes reutilizables. En las tiendas a granel lo ponen fácil, porque comparten el mismo objetivo: generar el menor impacto en el medio ambiente. Y porque creen en sus ventajas: la comida no se desperdicia y la carga para la atmósfera es menor con este tipo de distribución ya que al no haber envasado, se eliminan muchos pasos.

Y esta es, al parecer, una de las claves de esta nueva filosofía de vida más sostenible: para reducir el consumo de plástico (y además comer sano) hay que comprar eliminando el mayor número de intermediarios posible. Así, se apoya a los productores locales, siendo todo el proceso en su conjunto menos contaminante para el medio ambiente: se reduce el plástico pero también las emisiones de carbono que suponen los traslados cuando el producto ha de pasar por tantas manos.

Fotos | Unsplash Brooke Cagle , iStock/fergregory, Pexels/George Becker, Pexels/Frans Van Heerden

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